Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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que se llevó el dedo a la boca y me dijo que
como yo fuese otra vez a él con semejantes cuentos, me haría azotar.
--¿El gobernador?
--Sí, señor; y mi barca hecha astillas, pues dejó toda la proa en el cabo de Santa Margarita, y el carpinte-
ro me pide ciento veinte libras para reparar la avería.
--Bueno, --repuso Bragelonne, --quedáis eximido de servicio. Podéis marcharos.
--¿Vamos a Santa Margarita, Raúl? --preguntó luego Athos. --Sí, señor; porque hay que poner algo en
claro, y de seguro el hidalgo es D'Artagnan; en su modo de obrar le conozco.
Aquel mismo día, Athos y su hijo partieron para Santa Margacita a bordo de un quechemarín que por or-
den de ellos vino de Tolón.
La impresión que sintieron al desembarcar fue muy agradable. La isla estaba llena de flores y frutas. Los
naranjos y los granados doblaban sus ramas bajo el peso de los frutos; y toda la parte cultivada servía de
jardín al gobernador.
La isla estaba deshabitada. Tenía una ensenada donde podían refugiarse pequeñas embarcaciones, y don-
de iban los contrabandistas a depositar sus mercancías, lo que el gobernador les permitía, con tal que no
azasen, ni tocasen las plantas.
Así es que la guarnición de la isla sólo se componía de ocho hombres que guardaban una fortaleza con
doce cañones enmohecidos. La fortaleza tenía un profundo foso y tres torrecillas unidas entre sí por terra-
plenes.
Cuando Athos y Raúl llegaron a la isla de Santa Margarita, era el mediodía. Siguieron la tapia del vergel,
bajo un sol abrasador. Todo era calma y silencio, todo dormía pesadamente; como el mar tranquilo, las
hojas de los árboles inclinadas e inmóviles, sostenían una quietud sofocante, y hasta los insectos dormían
en sus cuevas.
Los viajeros no encontraron a nadie que pudiera conducirles ante el gobernador. Sólo Athos vio cruzar un
soldado por los terraplenes, llevando una cesta, y volviendo sin ella.
De pronto Athos oyó que le llamaban, y al levantar la cabeza vio en el vano de una ventana enrejada, al-
go blanco, como una mano que se movía, un no sé qué deslumbrador, como un arma herida por los rayos
del sol, y antes que pudiese enterarme, llamó su atención desde la torre al suelo una ráfaga luminosa y un
golpe seco en el foso. El objeto que produjo la ráfaga luminosa y el golpe, era una fuente de plata, que rodó
hasta la candente arena, adonde fue Raúl a recogerla.
La mano que lanzó la fuente de plata hizo una seña a los dos hidalgos y desapareció. Entonces Raúl y
Athos miraron con atención la fuente cubierta de polvo, y en el fondo de ella descubrieron unos caracteres
trazados con la punta de un cuchillo y que decían: “Soy hermano del rey de Francia. Preso hoy, mañana
estaré loco. Caballeros franceses y cristianos, rogad a Dios por el alma y la razón del hijo de vuestros seño-
res.” A Athos se le cayó de las manos la fuente, mientras Raúl se esforzaba en descifrar el sentido misterio-
so de aquellas lúgubres palabras.
En aquel mismo instante y de lo alto de la torre partió un grito. Raúl, veloz como el rayo, bajó la cabeza y
obligó a su padre a que hiciese lo mismo. En la cresta de la muralla acababa de relucir el cañón de un mos-
quete, del cual partió una blanca humareda, y a seis pulgadas de los hidalgos vino a aplastarse una bala
contra una piedra. Tras el primer mosquete apareció otro que también apuntó.
--¡Voto al diablo! --gritó Athos. --¿Se asesina a la gente aquí? ¡Bajad, cobardes!
--¡Bajad! --repitió Bragelonne amenazando con el puño a los del castillo. El que iba a disparar el segundo mosquetazo, respondió a las voces del conde y Raúl con otras de sorpre-
sa, y como su compañero se disponía a continuar el ataque y tomó el mosquete cargado, el que acababa de
gritar levantó el arma, y el tiro fue al aire.
Athos y Raúl, al ver que los que les atacaron desaparecían de la plataforma, creyeron que bajaban para
atacarles de frente, y aguardaron a pie firme.
Apenas transcurridos cinco minutos, sonó un tambor llamando a los ocho soldados de la guarnición, que
se vinieron al otro lado del foso con mosquetes, al mando de un oficial en quien Raúl conoció al que había
disparado el primer mosquetazo. Aquel oficial ordenó a sus soldados que preparasen las armas.
--¡Nos van a fusilar! --exclamó Bragelonne. --A lo menos desenvainemos y saltemos al foso, y mucho
será que cada uno de nosotros no matemos a uno cuando hayan descargado.
Ya Raúl, añadiendo la acción al dicho, iba a saltar, seguido de Athos, cuando a sus espaldas resonó una
voz conocida que llamó:
--¡Athos! ¡Raúl!
--¡D'Artagnan! --respondieron los dos hidalgos.
--¡Mil rayos! ¡Abajo las armas! --gritó el capitán a los soldados. --Ya estaba y seguro de lo que decía.
Los soldados bajaron sus mosquetes.
--Pero, --preguntó Athos, --¿sin avisar nos fusilan?


 

 
 

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